De nuevo, me veo corriendo y gritando. Intentando huir. Llena de impotencia, sin llegar a ningún sitio y sin conseguir que nadie me escuche. Y otra vez, lloro.
Ya no sé si es un sueño o si es la realidad de mi día a día; me cuesta diferenciarlos. Vivo en un eterno viaje en una noria que nunca frena. Y me mareo.
Intento recapitular: ¿cómo ha sido el viaje hasta ahora? Extraño, solitario, emocionante. Sé lo que es estar arriba, en éxtasis, y lo que es estar abajo, muerta de inseguridad.
Todavía sigo nutriendo mi presente y mi futuro de recuerdos. No se me quita de la boca un cierto sabor agridulce. A veces creo que estoy tranquila, y otras me da la sensación de que se me va a salir el corazón del pecho. Me paro, respiro y sonrío; pero por dentro siento náuseas.
Leo lo que llevo escrito hasta ahora y no lo entiendo, no le encuentro sentido. Pero lo mismo me pasa con todo lo que aparece en mi mente. Intento ser analítica, pragmática, práctica, matemática, lógica. Pero no me salen las cuentas.
Sé que debo cerrar la caja de recuerdos, tanto la mental como la que literalmente existe. No soy de piedra pero me empeño en serlo. Y tanto peso, me marea.
Y es por ello, que necesitaba vomitarlo.